Gabriel García Márquez: el arte de contar y el don de hacerlo con naturalidad

(Artículo publicado en Canarias 7, domingo 20 de abril de 2014, pp. 46-47)

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Es triste despedir a García Márquez, pero él lo sabía bien, que toda historia tiene un principio, un desarrollo, y un final. Y no obstante la conciencia de la finitud y del inevitable ciclo de la vida, duele renunciar al revuelo y la expectativa que generaba siempre el anuncio de una nueva obra suya, incluso sabiendo de antemano que sería difícil volver a encontrarse con otra Cien años de soledad. Porque los amantes de Gabo siempre tuvimos algo de fanáticos y aceptamos el fanatismo con toda su pasión y su entusiasmo ciego. En más de una ocasión, charlando sobre el escritor colombiano con colegas de cualquier parte del planeta, que igual que yo adoraban su escritura, cerrábamos todo debate sobre sus obras, fueran antiguas o recientes, más acertadas o menos atractivas, con una sentencia tan breve como rotunda: “Yo a Gabo se lo perdono todo”.

¿Cómo no iba ser así? Se trata del escritor que cambió la vida de muchos de sus lectores, abriéndonos un mundo de posibilidades infinitas, de imaginación desbordante, de embaucamiento literario y destreza narrativa. Yo me asomé a Macondo con apenas dieciséis años y cerré el libro con una extraña sensación de orfandad, el sentimiento de abandonar un país maravilloso y de concluir un viaje que hubiera deseado eterno. Las más de trescientas páginas de Cien años de soledad me supieron a poco y los Buendía se convirtieron en mis vecinos, en mi familia. Es más, como le sucedió a otros tantos, la lectura de su novela más célebre me convenció de que mi destino no podría ser otro que estudiar literatura y, más concretamente, la literatura de América Latina. Que un libro puede cambiarnos la vida, modificar nuestra ruta o señalarnos un nuevo camino es un hecho. Los efectos de aquel juvenil encuentro con Cien años de soledad han sido prolongados, al nivel de la conmoción que suscitó su lectura: a esa novela le he dedicado largas horas de estudio, sobre el Realismo Mágico, de la que es referencia y paradigma, hice mi Tesis doctoral y con el nombre de Gabo, precisamente, bauticé sin pensármelo dos veces a mi único gato. Los que amamos a García Márquez, ya lo dije desde el principio, somos fanáticos de su obra, hooligans pacíficos siguiendo paso a paso su poblado y magnífico universo.

Gabriel-Garcia-Marquez-1983La prosa de Gabo tiene un poder de seducción descomunal, y de ello son testigos los millones de admiradores que ahora lamentan su pérdida y que han seguido su trayectoria durante décadas. Porque el colombiano era, sobre todo, un contador de historias dotado de forma excepcional para el olvidado arte de contar. Por eso subyugan sus novelas, pero también sus cuentos, sus abundantes crónicas periodísticas, sus guiones de cine, su biografía e incluso sus simples declaraciones o entrevistas. Y por eso, también, podía permitirse el lujo de construir una novela a partir de una simple noticia (Relato de un náufrago), de reescribir con ternura la novela sentimental decimonónica y el culebrón latinoamericano sin caer en sus abismos (El amor en los tiempos del cólera) o de sostener la curiosidad del lector hasta el final, aunque hubiera revelado el desenlace en las primeras líneas (Crónica de una muerte anunciada).

Como adoradora personal de su obra y especialista en su escritura, se me antoja hablar en estos párrafos de tantas y tantas cosas que se deben al colombiano. Por ejemplo, de los millones de personas a las que convirtió en ávidas lectoras, o de las otras tantas a las que mostró la posibilidad y el camino para escribir, o de la larga prole de imitadores, anónimos o exitosos, que tuvo en todo el planeta. En América Latina, sin ir más lejos, hoy llaman “Las Gabitas” a Laura Esquivel o Isabel Allende, prolongadoras de su fórmula magicorrealista. Cuando se habla de Salman Rushdie o de Moses Isegawa, se dice que sus conocidas novelas Hijos de la media noche y Crónicas abisinias, respectivamente, son la Cien años de soledad de la India y de África. Pareciera que después de García Márquez, todo país, toda cultura, todo continente, necesitaran para hacerse más visibles y prodigiosos una novela como la suya.

¿Pero qué tiene esa novela para imantarnos así? Aparte de hermosos personajes como Remedios la Bella, José Arcadio Buendía o Úrsula Iguarán, y además de momentos conmovedores, instantes mágicos, sentencias poéticas, sentido del humor o una enorme sabiduría sobre la condición humana, la novela tiene, sencillamente, la cualidad por la que se distingue todo el discurso del escritor: el poderoso encanto de la naturalidad. Mucho después de publicarla, el propio García Márquez contó el secreto de su fórmula, la estrategia narrativa del conocido Realismo Mágico. Pasó meses buscando el tono adecuado para escribirla, ya tenía la historia, los personajes, las anécdotas, todos los elementos necesarios para embarcarse en la novela, pero no encontraba “el tono”, ese tono preciso para contar las cosas más extraordinarias, mágicas e irreales como si fueran verdad, y viceversa.

gabriel_garcia_marquezHasta que un día, conduciendo su coche desde la Ciudad de México hasta Acapulco, se acordó de su abuela, y de los cuentos que ella le hacía durante su infancia en el pueblo de Aracataca, y de cómo aquella mujer que lo cuidó siendo un niño era capaz de inventarse historias increíbles e inverosímiles y de contárselas sin pestañear, sin inmutarse, con absoluta naturalidad: “Me contaba las cosas más atroces sin conmoverse, como si fuera una cosa que acabara de ver. Descubrí que esa manera imperturbable y esa riqueza de imágenes era lo que más contribuía a la verosimilitud de sus historias. Usando el mismo método de mi abuela, escribí Cien años de soledad”.

Y así fue, esa novela que ha cautivado a millones de lectores, dio nuevas alas a la imaginación y abrió mágicas ventanas al milenario arte de contar, es sobre todo un homenaje verbal a la naturalidad, la prueba de que no hay nada más creíble y verosímil que ejercerla en cada frase, igual que hacía su abuela, “como si hubieran sabido aquellos viejos –declaró en una entrevista el propio Gabo– que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción”.

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El largo reinado de un pequeño príncipe (70 años de “El Principito”)

(Artículo publicado en Pleamar, suplemento cultural de Canarias-7, miércoles 17 de abril de 2013)

El pequeño príncipe se nos hace mayor. Ya son setenta los años que tiene a sus espaldas y siete las décadas en las que, en la brevedad de su viaje y de sus páginas, nos ha ido regalando la dulce conmoción de sus sentencias, plenas de profundidad y sabiduría. Su ingenuidad y su inocencia, que son también los valores más preciados de la infancia, refrescan la vida de quien tiene el privilegio de acompañarlo en su travesía, limpiando así sus propios volcanes, regando sus flores importantes, domesticando sus afectos.

¡Ay, quién no recuerda algunos de sus instantes más épicos, algunas de sus frases tan lapidarias como dulces, algunas de sus observaciones más sagaces! Y quién no agradece, también, que en su repertorio de moralejas no asome una gota de espíritu punitivo, el frío reproche de un juicio, la losa pesada del moralismo. Porque, amén del prodigioso contenido del libro, una bella y honda indagación de los valores universales del alma humana, la elección de Saint-Exupéry no pudo haber sido más acertada, en consonancia con su propuesta humanista: es un niño el que habla y el que contempla el mundo, y desde esa mirada no hay posibilidad de vibraciones censurables ni de condena en cada planeta que visita, sólo la naturalidad, la simplicidad de la infancia asomándose al universo, percibiéndolo a través del alma incontaminada, de sus ojos limpios. También es cierto que no se trata de un niño cualquiera, y no ya por su rasgo principesco, porque habite en el asteroide B-612, porque aproveche una migración de pájaros silvestres para iniciar su viaje, o por su repentina aparición en el desierto del Sahara. Este es un principito curtido en la experiencia de la vida, diríase que un hombrecito con muchas reencarnaciones a sus espalda, un espíritu elevado, un pequeño Buda, un iniciado en las altas verdades del espíritu.

Por eso, precisamente, este relato forma parte del acervo imprescindible de la gran Literatura Universal, un clásico que, si bien por su personaje se adscribe a la literatura infantil, despliega sus páginas para conmocionar a los adultos, y crece en cada etapa de la vida, y nos dice algo nuevo en cada relectura. Su brevedad y su desnudez resultan tan intensas porque nutren los anhelos más antiguos, nuestra sed de conocimiento y trascendencia, nuestra necesidad de desprejuiciar la mirada para alumbrar una vida más simple y auténtica, una vida que sólo es posible si se vive desde el latido del corazón. Cada encuentro que el pequeño príncipe tiene con los distintos personajes que conoce, despierta justamente eso, la posibilidad de comprender lo esencial, que tan bien resume en la que quizás sea la más célebre y conocida de sus frases: “Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.

En estos tiempos convulsos, pletóricos de la usura materialista que nos ha conducido a una crisis global y al desprecio de los valores más humanos y elementales, recordar y celebrar un libro como éste quizás sea imprescindible. Porque en sus letras están presentes las enseñanzas sobre aquellos bienes espirituales que necesitamos recobrar como especie: el valor de la simplicidad y de las cosas sencillas, los fundamentos de la responsabilidad, la importancia y la profundidad del compromiso, el sentido de la experiencia, la trascendencia de la amistad, de la complicidad emocional y del amor, la peligrosa torpeza de cualquier tipo de avaricia, el error de juzgar por la apariencia, el verdadero alcance de conocerse a sí mismo, y hasta el impacto de reconocer la naturaleza de nuestro carácter efímero.

Podría referir numerosas moralejas que habitan en este libro, tan cuantiosas como lacónicas son las palabras con que se expresan, pero destacaré un par de ellas, que habrán resultado inolvidables a los lectores. A buen seguro todos recuerdan su magistral encuentro con el zorro, el animalillo bajo cuya ferocidad se esconde una lección tan olvidada, nuestra capacidad para crear lazos surgidos de un vínculo sincero, mutuo y responsable, aquel que nos convierte en únicos para el otro. Cuando ambos se encuentran en el libro, el animal “No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo”. La prisa vertiginosa en la que nos conducimos nos ha restado la capacidad de establecer esa ligazón con los semejantes, las relaciones se han vuelto transitorias y el tiempo se ha vuelto escaso para conocer en verdad al otro: “Sólo se conocen las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame”.

Son prodigiosas, también, las páginas en las que el pequeño príncipe limpia el planeta de baobabs y deshollina sus volcanes, actos de sanación y de cuidados necesarios para atender y despejar la maldad y los problemas. Y su relación tan tierna con la rosa que ama, una llamada a la aceptación del amor, con su grandeza y con cada una de sus espinas e imperfecciones. Y su encuentro con el rey, con el vanidoso, con el borracho o con el hombre de negocios, metáforas del poder, del egoísmo, de la ausencia de voluntad y de la avaricia, inclinaciones ingobernables de la condición humana que habremos de enfrentar, alguna vez, como individuos y como colectivo, para el crecimiento y el desarrollo de la fortaleza propia y de la justicia social. Para esa elevación espiritual que tanto nos urge en estos instantes, es preciso recuperar esa mirada llana y sin prejuicios que pueda sobreponerse a la impresión de las apariencias, no olvidar nunca más el episodio del astrónomo que en 1909 descubrió el asteroide de donde venía el principito:

“El astrónomo hizo […] una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó por culpa de su vestido. Las personas mayores son así.
Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco obligó a su pueblo, bajo pena de muerte, a vestirse a la europea. El astrónomo repitió una demostración en 1920, con un traje muy elegante. Y esta vez todo el mundo compartió su opinión.
Si os he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y si os he confiado su número es por las personas mayores. Las personas mayores aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial”.

Sería, en fin, deseable que aprovecháramos esta séptima década del libro de Saint-Exupéry para rescatar el placer de su lectura, para universalizar sus bondades y recapacitar sobre la soledad existencial en la que nos dejó tras su desaparición misteriosa en el planeta Tierra. Nada supimos de aquel niño de cabellos de oro desde la última página del libro y la orfandad en la que nos sumió sigue siendo terrible. Por eso me sumo literalmente a la melancólica solicitud que hace el autor en las últimas líneas y les pido que si alguien vuelve a verlo o lo encuentra de nuevo entre las dunas del Sahara, “¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…”.

Algún gesto

De acuerdo, el país atraviesa un período de emergencia económica, los recortes son inevitables, hay que ajustar el gasto, reducir el déficit… y todos debemos contribuir con nuestro esfuerzo, cuando no con nuestro sacrificio. La prima de riesgo es una pesadilla, y las noticias inquietantes se sientan cada mañana a nuestra mesa. Desayunamos incertidumbre cada día y cenamos una buena ración de pesimismo.

Los ciudadanos hemos entendido el mensaje de estos tiempos con mayor aplomo y sensatez de la que parece, y aceptamos con pundonor y madurez que la crisis se haya convertido en el espejo que nos devuelve la imagen de lo que debe corregirse. Tan sensibles nos ha puesto el panorama que ahora vemos y damos relevancia a lo que hasta hoy no quisimos ver. Cada euro que se derrocha o se malgasta, en el ámbito que sea, nos duele como nunca. Cada privilegio o impunidad injusta nos revuelve el estómago en mayores proporciones que hace unos meses. Ahora sí, es el momento de desnudarnos, de ajustar cuentas con todo y no dejar títere con cabeza.

Por ejemplo, aunque considerábamos un flagrante agravio que los clubes de fútbol deban millones de euros al erario público, mientras manejan presupuestos de infarto y compran jugadores carísimos como si compraran golosinas en el estanco, es ahora cuando lo denunciamos con vehemencia. Y aunque no tienen sentido las excepciones y prebendas fiscales que el Estado le concede a la Iglesia, rica en patrimonio como sabemos, nunca nos molestaron tanto como en estos días. En fin, que acostumbrados a soportar altos decibelios durante años, en el estado de hipersensibilidad en que vivimos, ya nos molesta el menor ruido.

Por eso me parece preocupante, antiestético, inmoral e indignante que no hayamos visto todavía (salvo algún caso muy aislado y casi heroico) algún gesto honroso de nuestros políticos, cuyos privilegios siguen rozando la obscenidad. Quienes deben dar ejemplo y liderar un movimiento ético de responsabilidad, generosidad y transparencia, siguen atrincherados en sus salarios, en sus jugosas pensiones, en sus coches de alta gama. Y encima se lamentan de la “desafección” de la ciudadanía que ya no cree en ellos ni tiene interés alguno por la política.

Las palabras llegan muy lejos y pueden sonar hermosas, pero sólo por sus actos los conoceréis. La casa de este sacrificio colectivo debe elevarse desde los cimientos, y precisamente quienes gestionan los recursos públicos y viven y se benefician de ellos deben expresar su compromiso con los detalles y con los gestos. Esta crisis también debe servirnos para eso, para devolver y exigir a la política su vocación se servicio.

El coste universitario

Es obvio que las razones de Rajoy para hacer ahora reformas universitarias son puramente económicas, si no, no se entiende que otros gobiernos del PP, que podían haberlas hecho, no las llevaran a cabo. Pero más allá del oportunismo del momento y de la lógica alarma social que genera la noticia del encarecimiento de matrículas y tasas, tendremos que mirar de frente la realidad. No podríamos sanar si no reconocemos antes que el escenario está enfermo.

Creo que invertir en formación y educación es lo que permite evolucionar a un país. Creo también en una Universidad pública de calidad y en el acceso a la educación superior de toda la ciudadanía. Mucha gente como yo tiene una carrera porque recibió en su día el apoyo de las arcas públicas, y estoy convencida de que la igualdad de oportunidades es lo único que garantiza una sociedad madura, implicada y justa. Sin embargo, es difícil estar de acuerdo con un sistema que, a día de hoy, reparte café para todos sin criterio y se inhibe ante la ausencia de responsabilidad y de esfuerzo.

Un sistema de tasas y de becas justo es el que permite que estudien quienes lo deseen y tengan aptitudes para hacerlo, con independencia de su nivel económico. El que permite que estudien los buenos estudiantes, sean ricos o pobres, con las mismas condiciones y oportunidades. Por eso, precisamente, el sistema actual necesita una revisión a fondo: no es posible seguir manteniendo en clase a alumnos que abandonan después de tres o cuatro años, o que suspenden y repiten curso reiteradamente, o que utilizan el importe de la beca para hacer un viaje o comprarse un coche, o que no se implican y responsabilizan de sus estudios. Hay mucho que hablar al respecto y es hora de que lo hagamos con valentía y franqueza porque el costo social y económico de esta situación es tremendo.

Resulta paradójico que la generación que hoy está en las aulas disfrute del mayor nivel de acceso al conocimiento (la potencialidad de internet y las nuevas tecnologías es infinita) y tenga, en cambio, una preparación deficiente, que incluye la incapacidad para comprender y expresarse adecuadamente, requisito mínimo para un universitario. Mis colegas de secundaria hablan de la “primarización” de esa enseñanza. Yo puedo afirmar que el nivel universitario se ha “secundarizado” en algunas áreas y no alcanza hoy ni el mínimo exigible en la educación superior. La decadencia del sistema en su conjunto puede rozar lo patético, pero de eso apenas se habla. La sociedad, salvo excepciones, mira hacia otro lado y a los gobiernos sólo les importa la higiene estadística de cara a la galería. Las universidades, por su parte, se han visto obligadas al clientelismo, y en ese comercio ya se sabe que el cliente siempre tiene la razón y debe estar satisfecho. La formación es lo de menos.

La educación universitaria, en fin, no es obligatoria, es una opción, y justo por eso quienes inician una carrera deben comprometerse con lo que eligen, tener conciencia del coste de esa enseñanza y aprovechar esa ocasión de la que solo disfruta un privilegiado diez por ciento de la población, sin reparar en esfuerzos.

Dicho esto, mero apunte que habría que profundizar detenidamente, confío en que el sistema de ayuda y de becas siga apostando por los estudiantes que realmente se implican y comprometen con la oportunidad de formarse al nivel más alto. Una oportunidad que debe merecerse porque no llueve del cielo y sale del bolsillo de los contribuyentes.

El elefante y el paquidermo

Ni siquiera voy a entrar en el debate sobre la monarquía, que valore cada uno si sigue siendo en estos días una institución útil. Me resistiré también a juzgar a la familia real por uno de sus más altos miembros, hace poco deportista y plebeyo. Obviaré de paso la mala suerte de Froilán poniendo al descubierto la que ya tiene su propio padre. Declinaré, incluso, la oportunidad que me da un rey para regañarle en público por su ausencia de tacto, de empatía y delicadeza con los millones de personas que no tienen trabajo y las miles de familias a las que no les alcanza ni para unos tristes perdigones.

Para eso ya está un país, que  se enteró por casualidad de la existencia de un lejano paraíso artificial donde los reyes de hoy, como salidos de un cuadro del siglo XVI, se dedican a la caza indiscriminada de animales totalmente indefensos, por el puro placer de asesinar. Habrá algo más estúpido en este nuevo siglo que seguir practicando ese horrible ejercicio. Si fuera por hambre, por defensa propia, por una imperiosa necesidad de sobrevivir. Habrá algo más insensato, más despiadado e irresponsable con el derecho a la existencia de cualquier ser vivo de este planeta que apuntarle y disparar por el simple placer de ver cómo cae desplomado sobre la tierra. Habrá cosa más antigua, neandertal e intolerante que el maltrato animal. Habrá, en fin, un juego más sucio, irrespetuoso e insensible que divertirse practicando esa crueldad.

Da lástima ver la foto que ha hecho pública la prensa nacional, donde un rey sonriente posa ajeno al drama que acaba de acontecer a sus espaldas. Toneladas de un elefante inocente yacen sin vida junto a dos hombres que, sin embargo, la celebran como si se tratara de una hazaña ganada entre iguales. No cabe la menor duda de que ese rey se comportó en aquella selva cual elefante en una tienda de Murano. Y más aún, como si no hubiera salido de aquel cuadro del siglo XVI, el monarca, vetusto en sus primitivas y toscas tradiciones, su piel insensible a la matanza, se retrata en posición monárquica, para que nadie olvide nunca quién hizo de elefante y quién de  paquidermo.

Daniel Zamudio, Chile y la luz

La muerte siempre nos impacta. Pero hay algunas que nos conmueven especialmente, incluso al punto de parecer que con ellas habrá un antes y un después. Nos tocan tan adentro y nos revuelven con tanta furia que apenas podemos permanecer en silencio, indolentes, inactivos. Es entonces cuando nos echamos a la calle para llorar con todos, y encendemos velas en las esquinas, y dejamos flores sobre la acera, y elevamos incluso oraciones hacia el cielo. Y pensamos que algo anda muy mal, y en el fondo de alma sabemos, y deseamos, que el mundo tiene que cambiar. Es lo que sucedió hace más de una década cuando ETA asesinó al joven Miguel Ángel Blanco –¿Quién no lo recuerda–, el país se echó a la calle, pudo más el dolor que el miedo.

       Hace unos días Daniel Zamudio, un muchacho chileno, fue brutalmente agredido por una panda de neonazis desalmados, intolerantes con su condición de homosexual. Mientras se debatía entre la vida y la muerte, que finalmente logró alcanzarlo, la ciudadanía chilena se pronunció por los cuatro costados, despreciando públicamente a quienes desprecian la diferencia. Era imposible no emocionarse ayer con las imágenes de su entierro, amargo, multitudinario, y con la manifestación popular y espontánea que lo acompañó entre aplausos y lágrimas, en un recorrido de tres horas, hacia el cementerio.

       Estoy segura de que Daniel no cruzó sólo el umbral, un país entero cruzó la línea que separa la indiferencia de la conciencia, lo absurdo de lo completamente irracional. Cuando las muertes calan tan hondo en el pueblo, la herida no puede ser inútil ni el dolor en balde. Cuando una muerte resulta una conmoción, lo que sigue sólo puede ser la luz.

Memoria, identidad y espacio

El 28 de abril de 2006 tuve el honor de ingresar en la Academia Canaria de la Lengua. Lo hice leyendo un breve discurso titulado “Memoria, identidad y espacio”, homenaje a estas islas y a su escritura. ¿Recuerdan aquel famoso mapa de España que hasta no hace muchos años ilustraba la sección meteorológica del telediario, donde las Islas Canarias aparecían ubicadas en el mar Mediterráneo, encogidas en un recuadro justo debajo del archipiélago balear? Es ésa la imagen de la que partí aquella tarde en mi discurso. Y no crean que estoy hablando del pasado, busquen hoy “España” en Wikipedia y les parecerá que aún andamos en la prehistoria. Comparto en las siguientes líneas algunos fragmentos de mi discurso (también un enlace al texto completo en formato PDF). Quizás su lectura abra también en ustedes las ventanas de la juventud y de la infancia.

ENLACE AL TEXTO COMPLETO (archivo pdf)

ALGUNOS  FRAGMENTOS (de “Memoria, Identidad y Espacio”).

Y a pesar de que los mapas y las clases de geografía lograban restituir nuestra exacta situación en el universo, no era suficiente […] porque aún delante de la mejor cartografía, resonaba en nuestros oídos la respuesta de los mayores, cada vez que un espíritu inquieto preguntaba por aquella extraña situación televisiva: “no cabemos en la pantalla”, nos decían. Y sin duda, no es lo mismo estar fuera de sitio que no tener espacio; lo primero es provisional o reversible; lo segundo es un drama o una catástrofe.

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Yo pertenezco, también, a una hornada de criaturas que crecimos creyendo que había un Español correcto, y otro que lo era menos. Que había un léxico refinado, y otro que no era tanto; que había refranes que forjaron su prestigio en la andadura antigua del Castellano, y otros que, sin embargo, no resultaban tan distinguidos; que había expresiones legitimadas por su lugar de origen, pero que en cambio no todos los orígenes otorgan legitimidad a las expresiones; que gozábamos de una brillante historia literaria, pero que no todo el país se hallaba en ella; y que la educación y, sobre todo, el conocimiento, no eran un viaje de ida y vuelta: mientras que en las islas aprendíamos de memoria todos los ríos de España con cada uno de sus grandes o breves afluentes, el resto del país era incapaz de distinguir La Palma de Las Palmas y de Palma de Mallorca, lugares que aún hoy se confunden con frecuencia, casi un trabalenguas que parece resistírsele a no pocos compatriotas.

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Sin embargo, y a pesar de la luminosa situación estratégica del archipiélago, no debe olvidarse que la identidad insular es siempre compleja, pues sus tensiones discurren en una polaridad que necesita de un sutil equilibrio para no perecer en el aislamiento, pero tampoco en el exceso de extranjería. Es obvio que requerimos de los espejos para articular nuestro rostro auténtico, y que nos apremia el contacto con “los otros” para evitar una cultura desmayada y narcisista. Pero también es cierto que, muy a menudo, en lugar de escucharnos a nosotros mismos, y de otorgar credibilidad a nuestra propia tradición escrita y a los autores que han dibujado desde adentro el mapa de las islas, seguimos empeñados en una cultura tímida que necesita del aplauso foráneo para creerse a sí misma y que precisa del reconocimiento ajeno para sentirse legítima.

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Ciertamente, los beneficios del arte son incalculables. Y quizás todavía no hayamos reparado lo bastante en la importancia de nuestra historia literaria como un factor decisivo no sólo en la construcción de nuestro espíritu colectivo, sino en el incremento de nuestra propia autoestima. En un pueblo inhibido y —por qué no decirlo— cuyos complejos continúan siendo notorios, sigue siendo urgente la tarea de articular nuestro discurso y de hacerlo a través de la voz de nuestros autores, en cuyas letras hay alimento suficiente para fortalecer nuestra sensación de pertenencia y nuestro compromiso con la singularidad luminosa de nuestro archipiélago. […]

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Nuestra afamada posición tricontinental nos ha provisto de un fértil universo al que abrirnos en busca de lo nuevo, un territorio ilimitado con el que han dialogado, precisamente, los creadores e intelectuales más lúcidos y brillantes del archipiélago. Pero la fecundidad de ese diálogo con el otro no debe hacernos desoír lo vernáculo, ni infravalorar lo propio, ni volver la espalda a nuestra historia. Así lo entendió nuestra destacada generación vanguardista, aquel conjunto de sabios equilibristas que en el viaje hacia “los otros” se encontraron a sí mismos:

Canarias —escribió García Cabrera— ha de imantarse primero en el cuadro de valores de la cultura de nuestro tiempo, ha de sentir las palpitaciones de ahora en toda su amplitud, solidarizándose con las corrientes, métodos y contenido de la época a fin de que su creación tenga unidad y sea actual. Esta etapa previa hay que buscarla fuera de casa para encontrar después nuestras islas con la profundidad de un hogar.